Eterno aprendiz
Cuando fui estudiante de secundaria, en los últimos tres años tuve al mismo profesor de matemáticas y, aunque ya no esté entre nosotros, por las dudas le llamaré por sus iniciales para poder mantener su anonimato: J.F. Si algunos de mis ex compañeros lee estas líneas sabrá inmediatamente de quien se trata la persona que en definitiva ha inspirado no solo el nombre del blog sino también el de este primer artículo.
J.F. sufría de asma y me enteré
luego de varios años de egresado que había fallecido en uno de sus ataques. Lo
tengo siempre en mi vivo recuerdo caminando por la tarima del aula dándose sus
toques con el inhalador mientras daba sus clases, o bien cuando hablaba con
nosotros de diversos temas de la vida dentro de su hora de clase, como a
especie de recreo. Aunque todos sepamos lo muy pero muy vastos que pueden
llegar a ser los temas de la vida, como buenos adolescentes nosotros siempre
nos centrábamos en un espectro bastante reducido: mujeres, fútbol, política y
de vez en cuando en algún tema más profundo como por ejemplo el espiritual.
Un hombre sumamente ameno,
jovial, de muy buen carácter, y como profesor pues sencillamente excelente. Uno
de esos pocos que saben cómo lograr que la mayoría de sus alumnos se interesasen
en su materia pero que también con la misma profesionalidad mandaba a marzo a
los que no llegaban a aprobar su materia dentro del año lectivo, que por
supuesto siempre los había.
Su compañerismo iba más allá de
los claustros del colegio, y no pocas veces una banda nos íbamos con él a comer
una riquísima picada de milanesa a uno de los bares más antiguos y emblemáticos
de la ciudad, donde podíamos disfrutar de más y más charlas por demás
interesantes porque era un hombre muy culto y también con mucha experiencia de
vida.
Ya estando en el último año de la
secundaria, en una de sus clases en la cual el tema de la charla se había
derivado en ciencia y espiritualidad, discurría la clase acerca del carácter inabarcable
de las mismas dada su infinitud, cuando interrumpiendo la conversación le digo
de forma bien directa, mordaz y con total desfachatez: “Pues entonces usted es
un ignorante”. A lo que muy sabia y certeramente J.F. me respondió: “No no, ¡qué va!, no soy un ignorante, soy un gran ignorante… ¡Pero menos que tú!
Claro que todos estallamos en una
espontánea y unísona carcajada, no era para menos. Pero detrás de aquella
magnífica respuesta del profesor había también una gran enseñanza que escondía
una gran verdad para quienes pudieran comprender más allá de las chacoteras
palabras.
Por más que nos esforcemos en
aprender y enriquecernos en todo tipo de conocimientos, siempre seremos unos
simples y eternos aprendices, ya que de ninguna manera existe algún tipo de límite
ni en el campo del conocimiento científico como así tampoco en la expansión de
nuestra espiritualidad a través del despertar de la conciencia.
Del primero declaro que sé muy
poco, y del otro, también…
Por eso, no sé tú, pero por lo
menos yo, siempre seré un eterno aprendiz…
Gustavo Rubén Cecchini

Enriquecedor artículo, Maestro, como todos las creaciones de un Eterno Aprendiz.
ResponderBorrarMuchas gracias don Ángel!
BorrarGrandioso, hermoso y enriquecedor tema.
ResponderBorrarY como siempre mi eterna admiración, La vida y Dios me ha bendecido con tu gran amistad mi querido amigo.
Gracias por tanto que me enseñas... quiero ser una eterna aprendiz.
Muchas gracias Gaby
BorrarYo también soy un eterno aprendiz, y encantado de serlo, porque si algo quiero hacer hasta el último momento de esta existencia, es... aprender :-)
ResponderBorrarAsí se hace Miguel!
Borrar